Nos encontramos en una nueva era
de las comunicaciones que da lugar a un cambio en la concepción de la enseñanza:
se pasa de la instrucción a la construcción de conocimientos, de la enseñanza
centrada en el docente al aprendizaje centrado en el alumno, del
profesor-transmisor al profesor-facilitador.
Nuestros alumnos no sólo acceden a las redes
sociales, sino que tienen un dominio perfecto del conocimiento tecnológico. Ellos
son los niños que tuvieron la tecnología
a su alcance desde muy pequeños, son los
nativos digitales. Nos quejamos porque no leen, porque su atención se dispersa
frente a un texto lineal, sin embargo, ellos realizan otro tipo de lecturas. Es
esta situación la que nos desconcierta, nos moviliza, realmente entendemos que
estamos en desventaja frente a sus conocimientos. Pareciera ser que el rol se
invirtió y son ellos los que nos acompañan en la construcción del conocimiento,
esto nos lleva a replantearnos nuestro
rol como docentes frente al uso de la tecnología, ya que “la computadora no debe ser usada como un reemplazo de la tiza, el lápiz
y el pizarrón para traspasar información” [1].
Así, muchos recaen en la falsa idea de que la han incorporado a la
enseñanza pero sólo aparecen como un nuevo ropaje que recubre al método tradicional y no como una
real explotación de las oportunidades que nos otorgaría crear una relación
dialéctica entre ambos: libros y computadoras, tecnología y lápices.
El docente debe estar involucrado
e interactuar con la tecnología y las redes sociales, el mundo virtual es el
presente. La mediatización de los diferentes aspectos de la vida cotidiana es cada
vez más evidente, no solo se reduce a un trabajo específico para el aula, sino
un nuevo modo de relacionarse y desarrollar nuestras habilidades
interpersonales.
El uso de la tecnología genera
miedo en muchos docentes y para ello es
necesario formarse, los colegios deberían mandar (tal vez la expresión suene un tanto
autoritaria) o al menos facilitar a sus docentes el acceso a la formación en
las nuevas tecnologías. Tal vez, no debería recaer todo el peso de la formación
docente en este campo en las instituciones educativas; debería considerarse
también que muchos docentes oponen
resistencia, lo cual condiciona el uso de los nuevos dispositivos. Sabemos también
que los peligros que hay en la red
generan temor, es por ello que es sumamente necesaria la formación: nadie puede
dar, enseñar o compartir lo que no tiene; el conocimiento es el arma del saber.
Debemos utilizar las nuevas herramientas para
que los alumnos no se aburran, no en el sentido estricto de la palabra, en oposición
a lo lúdico, lo divertido, sino en referencia a la necesidad presente en
alumnos y docentes de acceder a un laboratorio de informática, sobre todo en
las escuelas donde el plan Conectar Igualdad todavía no está implementado. Esto permitiría al docente proponer nuevas formas de trabajo donde todos puedan involucrarse e intervenir. Así, por ejemplo,
se podría fomentar la participación de aquellos alumnos tímidos que no lo hacen
por vergüenza y, por otro lado, la figura del educador dejaría de situarse en
una posición lejana para pasar a un trato online que ayudaría a comprender
ciertas consignas o temáticas.
Por otro lado, este cambio en la
concepción del docente conlleva ciertas pautas que el mismo debe considerar. Al
mantener un intercambio con los alumnos mediante redes sociales, también se
pone en juego el perfil que el educador presenta en ellas. Se transforma en una
enseñanza constante en la que cada
publicación envía un mensaje que les ayuda a construir una figura de
quien se halla del otro lado.
“El desafío es construir una
escuela distinta con la capacidad de brindar una buena educación”
[1] Bruner,
José Joaquín: Educación: Escenarios de Futuro. Nuevas Tecnologías y Sociedad de
la Información Enero 2000. Pág. 26

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